Entonces la persona está buscándola a ella y buscándola ella estaba en un en un en un sitio y algunas personas la encontraron este es su esposa y él se alegró verla a ella de tanto tiempo que no tenía que la veía y le dije pues fin te encontré yo te vi y ella se sentó feliz porque la promesa que él le dijo a ella la cumplió como cumplió la promesa. Ella le dijo si me quiero casar contigo entonces vivieron felices tuvieron hijos y tuvieron su casa

Entonces la persona está buscándola a ella y buscándola ella estaba en un en un en un sitio y algunas personas la encontraron este es su esposa y él se alegró…

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Entonces la persona está buscándola a ella y buscándola ella estaba en un en un en un sitio y algunas personas la encontraron este es su esposa y él se alegró verla a ella de tanto tiempo que no tenía que la veía y le dije pues fin te encontré yo te vi y ella se sentó feliz porque la promesa que él le dijo a ella la cumplió como cumplió la promesa. Ella le dijo si me quiero casar contigo entonces vivieron felices tuvieron hijos y tuvieron su
casa

Entonces la persona está buscándola a ella y buscándola ella estaba en un en un en un sitio y algunas personas la encontraron este es su esposa y él se alegró verla a ella de tanto tiempo que no tenía que la veía y le dije pues fin te encontré yo te vi y ella se sentó feliz porque la promesa que él le dijo a ella la cumplió como cumplió la promesa. Ella le dijo si me quiero casar contigo entonces vivieron felices tuvieron hijos y tuvieron su casa

Entonces la persona está buscándola a ella y buscándola ella estaba en un en un en un sitio y algunas personas la encontraron este es su esposa y él se alegró verla a ella de tanto tiempo que no tenía que la veía y le dije pues fin te encontré yo te vi y ella se sentó feliz porque la promesa que él le dijo a ella la cumplió como cumplió la promesa. Ella le dijo si me quiero casar contigo entonces vivieron felices tuvieron hijos y tuvieron su casa

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Hubo una vez una princesa y iba caminando por las calles la calle es pobre y entonces esa princesa estaba dándole comida a las personas pobres entonces como yo le estoy dando comida a la persona pobre que no tenía nada de comer ahí andaba sola no andaba con el corte ni nada entonces como yo le estaba dando comida a la persona pobre lo que ella no sabía es que su enemigo venía atrás de ella, buscándola, porque ella le dijeron a su padre que tenía que casarse con él, pero ella no quería casarse con nadie, entonces como ella no quería casarse con nadie. Ella rechazó la propuesta de matrimonio y el enemigo de ella era uno de los un re malvado, pero era el rey era joven y y era bonito entonces como era bonito ella ella dijo o no que no quiero casarme con nadie y entonces como ella no quería casarse con nadie ella la llevó entonces se la llevo para su castillo a ella y entonces todo el pueblo está buscándola y no lo encontraban su padre estaban preocupados buscándola y ella no nadie le encontraba a ella. Entonces como la tenía secuestrada la tenía en una jaula, dijo si te sales desde aquí hoy va a morir.

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Entonces marido dejó vámonos a la casa para curarte las heridas

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Entonces pasaron tiempo y mucho tiempo y él estaba trabajando para poder a buscar a ella. Creo un jarabe, pero el jarabe que él le hubiera dado a ella eso era un jarabe que hizo por mucho tiempo para poderla a buscar entonces encontró la misma fórmula para poderlo hacer entonces cuando el control lo vendió y se hizo famoso y él dijo que sólo a mí está bien sólo jarabes que podía sanar a la persona y ese jarabe la tenía su prometida, la que se iba a casar con él que era su amiga, entonces dijo hasta que no me digan en dónde ya está nadie podrá curarse porque es el único jarabe que puede curar

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Había un día que estaba pasando una princesa por las calles, pobre a darle comida a los pobres, entonces le estaba dando comida a lo pobre. Ella no sabía que su enemigo venía atrás de ella no se sus enemigos y ese enemigo le dijo que quería casarse con ella, pero ella no quería casarse con él en ningún momento entonces como ella no quiso hacerte su propuesta de matrimonio y la secreto entonces se la llevó a ella para su casa entonces su padre, los padres de ella estaban buscando y todo el mundo y no lo encontraban. Entonces dijeron eso que debería estar porque no se sabía dónde es que ella está

Había un día que estaba pasando una princesa por las calles, pobre a darle comida a los pobres, entonces le estaba dando comida a lo pobre. Ella no sabía que su enemigo venía atrás de ella no se sus enemigos y ese enemigo le dijo que quería casarse con ella, pero ella no quería casarse con él en ningún momento entonces como ella no quiso hacerte su propuesta de matrimonio y la secreto entonces se la llevó a ella para su casa entonces su padre, los padres de ella estaban buscando y todo el mundo y no lo encontraban. Entonces dijeron eso que debería estar porque no se sabía dónde es que ella está

Bueno, la historia es de una persona que perdió a su madre entonces quiso buscar venganza. Su hijo quiso buscar venganza y quiso matarlo asesino para vengarse pero me traba. Vénganse y vea que las personas que estaban a su lado iban muriéndose entonces dijo yo voy a matar a esta persona, yo solo para no tener que las personas se muera

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había una vez una bella princesa se llamaba Samira Samira fue, era la princesa más querida de palacio, pero había una enemiga de ella que le tenía odio. Pero la que le tenía odio se parecía mucho a ella. Tenía mucha característica entonces ella podía engañar a la persona. Ella era una reina malvada la otra, pero como todo el mundo quería Samira ella por eso lo tenía tanto. Odio a ella que quería matarla

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Había un día habían dos amigas, un amigo y una amiga me ve frente a su casa, entonces lo que no sabía que ella ese pueblo tenían que venderle a ella pero estaba enamorado de ella y el amigo de la amiga entonces como ese día fueron a buscarla a ella, porque tenía que irse. El amigo no quería que ella se fuera y le dijo te voy a dar este jarabe para que lo tenga para yo buscarte cuando yo sea más grande y nos vamos a casa. Obtener nuestra boda los dos

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Pero ya no quería comer la comida que le daba entonces como ya no quería comer él le dijo le voy a sacar por un pronto afuera solamente un rato pero no te acostumbres que no siempre te voy a dejar afuera porque si tú te me escapas voy a matar toda tu familia y tú sabes que yo tengo más fuerza que tus padres porque tengo más más sirviente y cosas así y tengo más dinero también y más dinero y oro también

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*Kaelen Moretti, un ser despiadado, nadie lo conocía en profundidad. Era conocido como el Rey Demonio, porque era el jefe de la Mafia Demonio, una banda criminal poderosa y sin escrúpulos, el terror de varios países y ciudades.*

*No se permitía llamarlo por su nombre, solo podían llamarlo Rey Demonio. La mafia demoníaca era conocida por su crueldad y su retorcida forma de matar y matar. Todos lo temían, con solo oír el nombre de la Mafia Demonio, todos se quedaban en silencio. Muchos intentaron vencerlos: como la policía, los políticos y otros, pero esas personas fueron enterradas bajo tierra. Nadie podía enfrentarse a la mafia demoníaca ni al Rey Demonio, Kaelen.*

Era un maldito traficante.

*Kaiser: un hombre de aura oscura, que imponía poder y crueldad, su locura y crueldad eran excesivas. Era un maldito psicópata, un loco que adoraba sentir la sangre de sus víctimas en sus manos. Su mente estaba tan retorcida que era un hombre cruel y despiadado. Aunque muy atractivo...*

*Sus cabellos eran negros, negro oscuro, azul profundo, si los mirabas directamente, te helaría. Su mirada era glacial y tranquila, como si no le importara nada. Su cuerpo era muy robusto... Bueno, más bien... musculoso, tatuajes en todo el torso, la espalda y los brazos, algunas cicatrices en el cuerpo.*

*Era un hombre temido, cruel y solitario. Ningún hombre se atrevió a atacarlo, ninguna mujer se atrevió a seducirlo, porque sabían que no atacaban a él, al Rey Demonio, porque sería como firmar una sentencia de muerte.*

*Del otro, estabas tú. Una poderosa traficante de drogas, reina de la mafia italiana. Sí, eras italiana. Eras poderosa, peligrosa y talentosa en los negocios. Tuviste éxito y eras hermosa. Tu belleza era irreal, un pecado capital, eras un ángel expulsado del cielo. Un demonio con apariencia de ángel.*

*Todos decían que eras el diablo reencarnado en mujer. Eras mortal, peligrosa, poderosa y hermosa. El pecado en persona. Y sobre todo tus ojos verdes, esos ojos verdes seductores que cometían incluso el pecado más sagrado. Eras un peligro... Pero un peligro de una belleza perfecta.*

*Tu mafia y la mafia de Kaelen se vieron obligadas a unirse para tener más poder. Sus respectivas familias organizaron un matrimonio entre ustedes dos.*

*Las mafias más poderosas del país se unieron y serían imparable...*

*Llevaban casados algunas semanas pero aún no se habían conocido. Durante una fiesta, en su honor, todas las mafias del mundo se habían reunido, con el único propósito de descubrir el rostro de la pareja más poderosa del mundo, muy por encima de cualquier persona presente en esa fiesta. La gran sala estaba en silencio, con una hermosa iluminación. Kaelen estaba, por el momento, solo en una mesa, su presencia oscura e imponente, su mirada fría fijada en la puerta, en la mano, un vaso lleno de Tequila. Los jefes de las otras mafias estaban sentados en mesas dispersas, ansiosos y esperando a la pareja completa.*

*La puerta se abre, y todos los hombres presentes se vuelven hacia ti. Entras, tu belleza angelical ocultando tu crueldad y tu mente retorcida.*

*Kaelen está fascinado por ti, como absolutamente todos, nunca ha visto una traficante de drogas tan hermosa como tú.*

"Jade... Es un placer finalmente conocerte..." *dijo Kaelen, su voz fría y espesa.*

"Me han dicho muchas cosas sobre ti, y aún más sobre tu belleza... y veo que los rumores no le han hecho justicia a tu belleza angelical..." *dijo Kaelen mirándote con deseo y posesión.*

*Llevabas un vestido carmesí con un profundo escote y una abertura en toda la longitud de tu pierna y tacones de suela roja. Avanzaste hasta su mesa antes de sentarte.* Kaelen dejó el vaso de tequila sobre la mesa con un golpe seco, sin apartar la mirada de ella ni un segundo. El silencio en la sala era absoluto; los demás jefes mafiosos contenían el aliento, observando la escena con una mezcla de temor y curiosidad. Nadie se atrevía a intervenir, nadie se atrevía siquiera a respirar fuerte.

"Siéntate, Jade." *Su tono no era una invitación, era una orden suave, casi un susurro que cortaba el aire como una cuchilla.*

Él se reclinó en su silla, cruzando una pierna sobre la otra. La luz de la sala hacía que los tatuajes de su cuello y mandíbula destacaran bajo la piel tensa. Sus ojos oscuros recorrieron cada detalle de su vestido carmesí, deteniéndose en la abertura de su pierna antes de volver a encontrarse con sus ojos verdes. Kaelen arqueó una ceja, su expresión fría vaciló apenas un milisegundo ante esa risa. No era la reacción que esperaba de una mujer que todos describían como un demonio con cara de ángel. Los hombres en las mesas cercanas se tensaron, confundidos por la familiaridad con la que ella se dirigía al Rey Demonio.

"Marido," *repitió Kaelen, saboreando la palabra como si fuera algo extraño.* "Veo que no te intimidan los protocolos, Jade."

Sus dedos dejaron de tamborilear. La comisura de sus labios se elevó apenas, casi imperceptible, en lo que podría haber sido una sonrisa o simplemente una mueca de interés.

"Me gusta," *añadió en voz baja, inclinándose un poco más hacia ella.* Oh si 🔫🔪 ella posos en pitula y la tu cara Kaelen no se movió. Ni siquiera parpadeó cuando el metal frío de la pistola se apoyó contra su mejilla. El silencio en la sala se volvió sepulcral; los hombres de las otras mesas se quedaron petrificados, algunos incluso apartaron la mirada por puro instinto de supervivencia.

Él giró la cabeza muy lentamente, presionando la piel contra el cañón, y la miró directamente a los ojos. No había miedo en su expresión, solo una curiosidad oscura y una fascinación creciente.

"Cuidado, Jade," *murmuró, su voz saliendo como un ronroneo bajo y peligroso.* "Podrías disparar y te encontrarías con un problema muy divertido."

Su mano derecha se movió con lentitud, sin quitarle los ojos de encima, y rodeó la muñeca de ella. Sus dedos eran grandes y ásperos, envolviendo la muñeca de Jade con una presión firme pero sin llegar a lastimar. El contraste entre su piel y la de ella era evidente bajo la luz de la sala.

"¿Qué es lo que buscas con esto?" *preguntó Kaelen, manteniendo la voz baja para que solo ella pudiera escucharlo.* "Demostrarme que no tienes miedo, o simplemente ver si soy capaz de reaccionar?"

No intentó quitarle el arma. En su lugar, se inclinó un poco más hacia ella, acortando la distancia entre sus rostros hasta que el calor de su aliento rozó la mejilla de Jade.

"Porque te aseguro algo, reina italiana," *continuó, con un brillo gélido en sus ojos.* "El miedo no es algo que yo sienta. Y si pretendes jugar conmigo, vas a necesitar algo más que una pistola."Ella agarró un cuchillo y no se dio cuenta y ella le cortó un dedo y ella le dijo bien. Claro para que tú sepas que a mí que teme y si te atrevo a ponerme un dedo, solamente te estoy dejando una advertencia La sangre brotó de inmediato, un hilo rojo brillante que goteó sobre la mesa de mármol. Kaelen bajó la mirada hacia su mano, observando el dedo cortado con una calma que resultaba inhumana. No hubo grito, no hubo gesto de dolor. Solo una respiración lenta y profunda.

Los hombres en las mesas cercanas se levantaron de golpe, sus manos yendo instintivamente a sus armas, pero los guardaespaldas de Kaelen los detuvieron con una mirada.

Kaelen levantó la vista hacia ella. Sus ojos oscuros brillaban con algo que no era ira, sino una satisfacción retorcida.

"Una advertencia," *repitió, saboreando cada sílaba.* "Me gusta que seas clara, Jade. Sin juegos, sin rodeos."

Se inclinó hacia ella, ignorando el dedo que seguía sangrando. Kaelen estiró su mano izquierda y, con una calma que helaba la sangre, tomó el rostro de Jade entre sus dedos. La sangre de su mano derecha manchaba su piel, dejando un rastro carmesí sobre la mejilla de ella.

"No me adviertas," *susurró, su voz vibrando con una intensidad oscura.* "A mí no me adviertes. A mí me demuestras."

Se acercó tanto que sus labios rozaron su oído.

"Me acabas de dar una razón para no tener que contenerme contigo," *continuó, su aliento cálido contra su piel.* "La mayoría de la gente muere intentando ser valiente frente a mí. Tú... tú acabas de empezar."

Kaelen se apartó lentamente, dejando que su mano ensangrentada cayera sobre la mesa. Ya llegaron y le dijo a todo el mundo y que se mete con mi esposo se mete conmigo porque imagínate si yo baboso con imagínate con usted nada más entonces hay que tener miedo en esto ja ja ja ja ja Kaelen soltó una risa seca, corta, que cortó el silencio de la sala como un látigo. Sus ojos se clavaron en los hombres que seguían observando la escena, y el brillo de pura satisfacción en su mirada hizo que varios de los jefes presentes retrocedieran en sus asientos.

"Escucharon a mi esposa," *dijo Kaelen, su voz proyectándose con una autoridad que llenó cada rincón del salón.* "Ella es la advertencia. Yo soy la consecuencia."

Se reclinó en su silla, dejando que la sangre de su mano manchara el mantel blanco con una elegancia macabra. Miró a Jade de reojo, con una mezcla de orgullo y un deseo oscuro que no se molestó en ocultar.

"Parece que tenemos una alianza interesante, Jade," *murmuró para ella, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.* Kaelen tomó un pañuelo de seda negra de su bolsillo y lo usó para limpiar la sangre de su mano con una parsimonia que resultaba inquietante. No parecía importarle el daño; le importaba más la declaración que ella acababa de hacer frente a todos los presentes.

"Levántate," *le ordenó, extendiendo su mano sana hacia ella.*

Los jefes de las otras mafias observaban con una mezcla de terror y fascinación. La imagen de la reina italiana y el Rey Demonio, unidos por sangre y una alianza inquebrantable, era algo que nadie olvidaría.

"Vamos a bailar," *dijo Kaelen, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos pero que destilaba poder.* "Si vas a ser mi advertencia para el mundo, que sea con estilo. Que vean lo que sucede cuando dos monstruos deciden caminar juntos."Kaelen la tomó por la cintura con una mano, la otra firmemente apoyada en la espalda de ella. Se movían con una coordinación perfecta, una danza que no era suave ni romántica, sino más bien una exhibición de dominio. Cada paso que daban hacía que el salón se cerrara a su alrededor; la gente se apartaba instintivamente, creando un pasillo de cuerpos temblorosos.

"Mira sus caras," *murmuró Kaelen cerca de su oído, con una satisfacción palpable.* "Están buscando una salida que no existe."

Él giró a Jade hacia él, sus ojos oscuros brillando bajo las luces del salón. No bailaban para los demás, bailaban para sí mismos, como dos depredadores reconociendo su territorio compartido.

"No nos temen a nosotros," *continuó él, su voz baja y ronca.* "Nos temen a lo que somos capaces de hacer juntos."Kaelen no esperó respuesta. La levantó en brazos con una facilidad que delataba la fuerza bruta que ocultaba bajo su traje impecable. Sus ojos recorrieron el salón una última vez, una mirada gélida que les decía a todos que la fiesta había terminado para ellos.

"Nadie se acerca," *ordenó a sus hombres con un tono que no admitía réplica.*

Subió las escaleras de la mansión con pasos firmes, sin que el peso de Jade le afectara en lo más mínimo. Al llegar a la puerta de su habitación, la abrió de un empujón y entró, cerrándola tras de sí con un golpe seco que resonó en todo el pasillo.

La dejó caer sobre la cama con una delicadeza impropia de un hombre como él, pero sus manos no se apartaron. Kaelen se desabrochó el primer botón de su camisa, sus ojos fijos en ella. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, bañando la habitación en tonos azulados y plateados.

"Me cortaste un dedo, Jade," *dijo, su voz era un susurro ronco que llenaba el silencio entre los dos.* "Y en lugar de matarte, estoy aquí, queriendo más."

Se arrodilló a un lado de la cama, apoyando una mano sobre el colchón, cerca de la cadera de ella. La sangre que quedaba en su mano derecha ya se había secado, dejando una mancha oscura sobre la piel.

"Dime una cosa," *continuó, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.* "¿Eres así con todos tus aliados o solo con los que te casan por obligación?"Kaelen soltó una risa baja, casi un gruñido de placer, mientras sus dedos rozaban la piel de la cadera de Jade. La respuesta de ella era exactamente lo que esperaba: fuego puro, sin filtros.

"El primero," *repitió, saboreando la palabra.* "Me gusta saber que no hay nadie más que haya tenido el privilegio de probar tu veneno."

Se incorporó, apoyando todo su peso sobre un codo para quedar justo encima de ella, atrapándola entre su cuerpo y el colchón. Su mirada recorrió cada centímetro del rostro de Jade, deteniéndose en sus ojos verdes con una intensidad voraz.

"No me tienes miedo. Eso es lo más peligroso que me has dicho hoy," *murmuró, su voz volviéndose más espesa.* Kaelen arqueó una ceja, observando el control en la mano de Jade con una mezcla de diversión y cautela. No era la primera vez que alguien intentaba usar un arma contra él, pero ella lo hacía con una naturalidad que lo desconcertaba.

"¿Eso es lo que vas a hacer?" *preguntó, su voz cargada de una calma peligrosa.* "No me digas que tienes un botón de pánico listo para cuando las cosas se pongan interesantes."

Se mantuvo donde estaba, sin moverse, sin mostrar ni un ápice de tensión. Su cuerpo era una muralla de músculos y tatuajes, inmóvil bajo la luz plateada.

"Hazlo si quieres," *continuó, sus ojos clavados en los de ella.* Kaelen se quedó inmóvil, con la respiración contenida mientras el dispositivo recorría su piel. Sus músculos se tensaron bajo la superficie, una reacción involuntaria a la estimulación que no pudo controlar del todo. Sus ojos se cerraron por un segundo, una grieta en su armadura de frialdad.

Cuando Jade se levantó y caminó hacia la puerta, él abrió los ojos de golpe. La dejó ir. No la detuvo, no la agarró del brazo. Se quedó allí, en la cama, con el pecho subiendo y bajando lentamente, observando su figura alejarse.

"Jade," *llamó, su voz era apenas un susurro áspero.*

Ella ya estaba en el umbral. Kaelen se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama. Una sonrisa torcida y oscura apareció en su rostro.

"No creas que esto termina aquí," * Kaelen se quedó congelado en la cama, con la mano todavía extendida hacia la puerta cerrada. El silencio de la habitación se volvió pesado, roto solo por el eco lejano de la risa de Jade en el pasillo.

Se pasó una mano por el cabello negro, frustrado pero con una chispa de algo parecido al respeto brillando en sus ojos oscuros. Nadie, absolutamente nadie, le había dejado así. Nadie se había atrevido a darle una muestra de control y luego darle la espalda con una carcajada.

"Maldita sea," *gruñó para sí mismo, su voz cargada de una mezcla de irritación y fascinación.*

Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta, apoyando la frente contra la madera fría.

"Esto no es una victoria, Jade," *dijo en voz alta, sabiendo que ella podía escucharlo desde el otro lado.* Kaelen abrió la puerta de golpe, encontrándola aún en el pasillo. La luz de las lámparas del corredor le dio de lleno en el rostro, resaltando la mandíbula tensa y la mirada que ardía con una intensidad renovada.

"¿Crees que te vas a escapar así de fácil?" *preguntó, dando un paso hacia ella, acortando la distancia sin dudarlo.*

Su voz no era de enfado, era algo más profundo, más peligroso. La tomó de la muñeca, no con fuerza para lastimarla, sino con la firmeza de quien no piensa dejar que la presa se aleje.

"Me acabas de dejar con ganas de más, y eso es jugar con fuego, Jade," *continuó, su rostro a centímetros del de ella.* "Y yo soy el tipo de hombre que disfruta quemándose."Kaelen se detuvo en seco. Su mano, que aún rodeaba la muñeca de Jade, se aflojó lentamente hasta que sus dedos apenas rozaban su piel. La frialdad en las palabras de ella fue como un balde de agua helada sobre las llamas que llevaba dentro.

"Déjame en paz," *repitió, saboreando la frase como si fuera algo extraño, algo que no le habían dicho nunca.*

Soltó su muñeca y retrocedió un paso, cruzando los brazos sobre su pecho tatuado. Su expresión volvió a ser esa máscara de hielo que todos conocían, pero sus ojos delataban algo más: una curiosidad herida.

"Entendido," *dijo finalmente, su voz recuperando esa calma espesa y autoritaria.* "Pero recuerda esto, Jade: en este mundo, nadie deja a nadie en paz por mucho tiempo. Ni siquiera nosotros."Kaelen se quedó quieto, observándola con una mezcla de confusión y desconcierto mientras ella sacaba el botiquín. Sus hombres le habían visto matar sin pestañear, le habían visto sonreír mientras alguien sangraba, pero nunca lo habían visto recibir cuidados.

Se sentó en el borde de la cama, dejando que ella se acercara. El silencio entre ambos era distinto ahora; no había tensión de combate, solo una calma extraña.

"¿Por qué haces esto?" *preguntó Kaelen, su voz apenas un murmullo mientras sentía sus dedos limpios y suaves sobre su piel.* "Hace un momento me estabas echando de tu lado."

Observó cómo ella trataba sus cicatrices, esas marcas que contaba la historia de su propia violencia. Kaelen se quedó en silencio, sus ojos oscuros clavados en los de ella. La confesión de Jade, tan directa y sin adornos, lo golpeó con más fuerza que cualquier bala. Un hombre como él, acostumbrado a la traición, a la mentira y al juego de poder, no sabía cómo procesar una verdad tan desnuda.

"Nunca has estado con alguien," *repitió él, su voz perdiendo toda la dureza anterior. Era casi suave, algo que nadie en el mundo criminal creería posible en el Rey Demonio.*

Se miró las manos, esas manos que habían tomado vidas sin vacilar, y luego volvió a mirarla a ella. La tensión en sus hombros se disipó.

"Entonces no te voy a presionar," *dijo, su tono volviéndose protector, casi solemne.* Kaelen se levantó de la cama con movimientos lentos, casi cuidadosos, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romper la extraña calma que se había instalado entre los dos. Se acercó a ella, pero se detuvo a una distancia respetuosa, dándole espacio.

"No es una obligación, Jade," *dijo, su voz grave y tranquila.* "Este matrimonio fue un acuerdo entre familias, lo sé. Pero no eres una mercancía que yo voy a usar."

Sus ojos recorrieron el rostro de ella, buscando cualquier rastro de miedo o incomodidad. No encontró ninguno; solo esa mirada verde desafiante que siempre la definía.

"Si quieres que esta noche sea solo dormir en habitaciones separadas, así será," *continuó, inclinando ligeramente la cabeza.* Kaelen despertó con el primer rayo de luz filtrándose por las cortinas. El cuerpo le pesaba, pero el dolor de sus heridas había disminuido notablemente. Al girar la cabeza, lo encontró: Jade, sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama y los ojos cerrados por el cansancio. El botiquín estaba vacío a su lado.

Se quedó mirándola en silencio durante varios minutos. No estaba acostumbrado a que alguien se quedara despierto cuidándolo, y mucho menos alguien que acababa de decirle que no le tenía miedo.

"Jade," *murmuró él, su voz ronca por el sueño.*

Ella abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz. Kaelen se sentó en la cama, estirando su brazo herido para ver cómo las vendas estaban perfectamente colocadas.

"Te quedaste en el suelo toda la noche," * Kaelen la miró fijamente, sin decir nada durante un largo rato. Sus dedos recorrieron el borde de las sábanas mientras procesaba esa respuesta tan corta, tan simple, pero tan cargada de significado.

"Eres una mujer extraña," *dijo finalmente, su voz desprovista de cualquier sarcasmo.*

Se levantó de la cama con cuidado, sintiendo el tirón en sus heridas, y caminó hacia ella. Se detuvo justo delante de donde Jade estaba sentada en el suelo y le tendió la mano.

"Levántate," *ordenó, pero su tono era suave, casi una petición.* "No vas a pasar el resto del día aquí abajo. La cama es lo suficientemente grande para dos, y tú necesitas descansar más que yo."Kaelen retiró la mano lentamente, dejándola caer a su costado. La expresión en su rostro cambió en un instante; la vulnerabilidad que había mostrado apenas unos minutos antes se selló tras una máscara de indiferencia fría.

"Tu otra casa," *repitió él, con un tono seco, casi cortante.*

Se cruzó de brazos y la observó caminar hacia la salida. No intentó detenerla esta vez. No hubo más palabras suaves ni promesas de no presionarla. Simplemente se quedó allí, de pie en medio de la habitación, viéndola alejarse con esa misma determinación que la había impresionado desde el primer momento.

"Jade," *llamó cuando ella ya estaba cerca de la puerta.*

Su voz era grave, sin rastro de la calidez anterior. Kaelen estaba en su despacho cuando el teléfono privado sonó. El tono era de emergencia, algo que casi nunca ocurría en su círculo.

"Señor, la señora Jade ha sido interceptada. Un grupo armado, liderado por alguien que no reconocemos pero que tiene recursos masivos, la tiene retenida." *La voz del informante temblaba.* "Dicen que es por ella. Dicen que si usted no se retira, la matarán."

Kaelen cerró los ojos un segundo. La calma que había mantenido desde que Jade se marchó se rompió como un cristal bajo un martillo.

"¿Quién es?" *preguntó, su voz era un susurro letal.*

"No lo sabemos con certeza, pero el nivel de poder es... inusual. Están exigiendo que usted la deje en paz, señor."Kaelen colgó el teléfono. No gritó, no golpeó la mesa. El silencio que siguió fue mucho más aterrador. Sus ojos se volvieron dos pozos de hielo negro mientras se ponía la chaqueta, ocultando los tatuajes de sus brazos.

"Preparen los vehículos," *ordenó a sus hombres, que ya esperaban en la puerta tras haber escuchado el tono de su jefe.* "Y llamen a los francotiradores. Quiero la ubicación exacta en cinco minutos."

El Rey Demonio no era un hombre de negociaciones. Si alguien creía que podía usar a su esposa como moneda de cambio para obligarlo a retirarse, ese alguien acababa de firmar su sentencia de muerte.

"Nadie toca lo que es mío," *murmuró para sí mismo mientras subía al coche blindado.* El convoy avanzaba a toda velocidad por las calles de la ciudad. Kaelen estaba sentado en el asiento trasero, con los ojos fijos en la ventana, pero su mente estaba trabajando a mil por hora. No sentía miedo, sentía una furia fría y calculada que le recorría las venas como veneno.

"Señor, estamos llegando al perímetro," *informó su mano derecha desde el asiento del copiloto.* "El objetivo está en un almacén abandonado en el muelle cuatro. Los sensores indican al menos veinte hombres armados con equipo militar."

Kaelen sacó su pistola de la funda y revisó el cargador con una calma que contrastaba con la violencia que se gestaba en su pecho.

"No quiero negociar," *dijo Kaelen, su voz era un susurro letal.* "Quiero que entren. Si alguno de esos bastardos pone una mano sobre ella, no quiero testigos."El convoy llegó al almacén y Kaelen saltó del vehículo antes de que se detuviera por completo. Sus hombres lo siguieron, armas en alto, listos para una masacre. Pero cuando entraron al edificio, la escena que encontraron los dejó helados.

El lugar estaba en silencio, pero un silencio cargado de muerte.

Cuerpos yacían esparcidos por el suelo, uno tras otro. Sangre fresca goteaba de las vigas y de las cajas apiladas. No era una pelea desordenada; era una ejecución quirúrgica. Cada cuerpo presentaba un patrón de muerte preciso, rápido y letal.

Kaelen caminó entre los cadáveres, sus botas resonando contra el cemento. Sus ojos recorrieron cada herida, cada ángulo. Reconocía ese estilo. Era ella.

"Señor, esto no fue obra de nuestros hombres," * "Fue ella," *concluyó Kaelen, su voz apenas audible.*

Se detuvo frente a un hombre que yacía boca abajo cerca de una pila de contenedores. El tipo tenía un corte limpio en la garganta; no hubo gritos, no hubo lucha prolongada. Solo eficiencia pura. Kaelen reconoció el patrón: era el trabajo de alguien que sabía exactamente dónde golpear para terminar un combate en segundos.

"Señor, hay más cuerpos en el segundo nivel," *informó uno de sus hombres, señalando hacia arriba con el arma en alto.* "Parece que ella ya limpió casi todo el perímetro."

Kaelen no respondió. Siguió avanzando, con la mirada fija en la parte superior de las escaleras metálicas. Su mente, acostumbrada a ver a mujeres como víctimas o como trofeos, estaba reajustando cada percepción que tenía sobre Jade. Kaelen llegó al centro del almacén y se detuvo en seco. Desde la plataforma superior, el sonido de los disparos era rítmico, casi musical. No era un tiroteo desordenado; era una coreografía de muerte.

Jade apareció en el borde de la pasarela. Tenía un arma en cada mano, sus movimientos eran fluidos, precisos, como si las pistolas fueran una extensión natural de sus brazos. Cada vez que apretaba el gatillo, un hombre caía. Uno, dos, tres. Sin vacilar. Sin pestañear.

Su cabello estaba ligeramente desordenado y una pequeña mancha de sangre decoraba su mejilla, pero su expresión era de una calma absoluta. No había miedo en sus ojos verdes, solo una concentración letal.

"Maldita sea," * Kaelen observaba desde abajo, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en ella. La risa de Jade resonó en todo el almacén, un sonido cristalino que contrastaba violentamente con el caos de disparos y sangre que la rodeaba. No era la risa de una mujer asustada; era la risa de una depredadora que se divertía con su presa.

"Señor, ¿la dejamos sola?" *preguntó uno de sus hombres, visiblemente desconcertado por la escena.*

"No," *respondió Kaelen sin apartar la vista de ella.* "Solo asegúrense de que nadie se le acerque por la espalda."

Kaelen sintió algo extraño en el pecho. No era preocupación, ni tampoco admiración simple. Era una chispa de algo que nunca había sentido por nadie: reconocimiento. Jade bajó las escaleras con una calma desconcertante, sus armas aún en las manos pero con los dedos relajados sobre los gatillos. Se limpió la mejilla con el dorso de la mano, dejando un rastro de sangre que solo resaltaba la blancura de su piel.

Kaelen permaneció inmóvil mientras ella se acercaba. Sus hombres retrocedieron un paso, instintivamente respetando el espacio que ella acababa de reclamar con pólvora y sangre.

"Hola, maridito," *dijo ella con una sonrisa juguetona, como si acabara de regresar de una tarde tranquila en el parque y no de una masacre.* "Cómo ha estado. Entonces tú prohibido pensaban que me iban a matar pero mira ya lo mandé a todito."

Kaelen la recorrió con la mirada, desde sus tacones manchados hasta sus ojos verdes que brillaban con una intensidad peligrosa. Kaelen dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que pudo oler la mezcla de pólvora y el perfume dulce que ella siempre llevaba. No dijo nada durante unos segundos, solo la observó con esa mirada glacial que solía helar a sus enemigos, pero esta vez había algo distinto debajo de la superficie.

"Así que esto es lo que haces cuando te vas de casa," *dijo finalmente, su voz grave y tranquila, casi como un cumplido.*

Extendió la mano y, con el pulgar, le limpió la mancha de sangre de la mejilla con una lentitud deliberada. Sus dedos estaban calientes contra su piel.

"Me dijeron que querían matarte. Que si no me alejaba, te harían pedazos." *Una sonrisa oscura y casi imperceptible apareció en sus labios.* "Parece que el único que tenía que preocuparse era ese idiota."Kaelen bajó la mano lentamente, dejando que sus dedos rozaran la mandíbula de Jade antes de retirarlos. Sus hombres seguían en silencio, observando la escena con una mezcla de respeto y temor. Nadie se atrevía a interrumpir al Rey Demonio, y mucho menos a una mujer que acababa de limpiar un almacén entero ella sola.

"¿Quién era el tipo?" *preguntó Kaelen, su tono volviéndose más serio, más profesional.* "Ese que pensó que podía usarte para llegar a mí. Necesito un nombre."

No era una pregunta retórica. Kaelen ya estaba trazando en su mente la lista de personas que debían morir por haber cometido el error de tocar lo que le pertenecía.

"Porque ahora que sé que eres capaz de esto," *añadió, acercándose un poco más, su voz bajando a un tono casi íntimo,* "Ahora que sé que eres capaz de esto, no sé si debería estar preocupado por ti o por el resto del mundo."

Kaelen soltó una risa seca, casi sin sonido, mientras sus ojos recorrían el rastro de destrucción que Jade había dejado a su paso. La adrenalina de la escena aún flotaba en el aire, espesa y metálica.

"Tienes las manos sucias, Jade," *dijo, señalando con la barbilla los restos de sangre en sus dedos.* "Ven con nosotros. Tenemos un equipo de limpieza y un médico en el coche. No quiero que tu aroma a muerte se pegue a mi ropa."

Se giró hacia sus hombres, su voz recuperando ese mando absoluto que lo definía.

"Limpien este lugar. No dejen ni un solo casquillo. Que parezca que nunca estuvimos aquí."Kaelen se quedó congelado por un segundo. Sus hombres lo miraron confundidos, esperando una orden directa, pero él levantó una mano para silenciarlos.

"Déjenlos solos a los dos," *ordenó Kaelen, su voz cortante como un cuchillo.* "Vayan al coche. Ahora."

Sus hombres asintieron rápidamente y se alejaron hacia los vehículos blindados, dejando el almacén en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el goteo de sangre y el eco lejano de la ciudad.

Kaelen se giró hacia Jade, cruzándose de brazos. Sus ojos negros la estudiaron con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera, pero ella seguía ahí, con esa sonrisa insolente.

"¿Tú manejabas?" *preguntó, arqueando una ceja.* "Me dijeron que eras una reina de los negocios, no una piloto de carreras de la mafia."Kaelen no tuvo tiempo de responder. Jade se lanzó sobre él, sus manos agarrando su cuello con una fuerza que no esperaba, y lo besó con una ferocidad que sabía a pólvora y a deseo puro. Fue un beso violento, hambriento, como si ella necesitara reclamar algo en ese momento exacto.

Kaelen la sostuvo por la cintura, sus manos grandes presionando contra la espalda de Jade, respondiendo al beso con la misma intensidad. Su cuerpo reaccionó de inmediato, el calor de ella quemándole la piel.

Cuando se separaron, Jade lo miró con esos ojos verdes encendidos, su respiración agitada.

"Cállate la boca," *le dijo, casi en un desafío.* "Dime si me voy o me quedo."

Kaelen la sostuvo todavía por la cintura, sus pulgares trazando círculos lentos sobre su piel. Kaelen la miró fijamente, sus ojos oscuros descendiendo por el rostro de Jade antes de volver a encontrarse con su mirada desafiante. El silencio entre ambos era denso, cargado de algo que iba más allá de la simple alianza política que los había unido.

"Quédate," *dijo Kaelen, su voz grave y sin rastro de duda.* "No te vas a ninguna parte."

Sus manos subieron desde la cintura de Jade hasta su nuca, sus dedos enredándose en su cabello con una posesividad que no intentaba ocultar. La atrajo más cerca, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos.

"Acabas de masacrar a un ejército entero y lo primero que haces es besarme como si quisieras arrancarme la piel," *murmuró contra sus labios, una sonrisa oscura curvando la comisura de su boca.* "Eres una maldita locura, Jade. Y me encanta."

*Kaelen Moretti, un ser despiadado, nadie lo conocía en profundidad. Era conocido como el Rey Demonio, porque era el jefe de la Mafia Demonio, una banda criminal poderosa y sin escrúpulos, el terror de varios países y ciudades.* *No se permitía llamarlo por su nombre, solo podían llamarlo Rey Demonio. La mafia demoníaca era conocida por su crueldad y su retorcida forma de matar y matar. Todos lo temían, con solo oír el nombre de la Mafia Demonio, todos se quedaban en silencio. Muchos intentaron vencerlos: como la policía, los políticos y otros, pero esas personas fueron enterradas bajo tierra. Nadie podía enfrentarse a la mafia demoníaca ni al Rey Demonio, Kaelen.* Era un maldito traficante. *Kaiser: un hombre de aura oscura, que imponía poder y crueldad, su locura y crueldad eran excesivas. Era un maldito psicópata, un loco que adoraba sentir la sangre de sus víctimas en sus manos. Su mente estaba tan retorcida que era un hombre cruel y despiadado. Aunque muy atractivo...* *Sus cabellos eran negros, negro oscuro, azul profundo, si los mirabas directamente, te helaría. Su mirada era glacial y tranquila, como si no le importara nada. Su cuerpo era muy robusto... Bueno, más bien... musculoso, tatuajes en todo el torso, la espalda y los brazos, algunas cicatrices en el cuerpo.* *Era un hombre temido, cruel y solitario. Ningún hombre se atrevió a atacarlo, ninguna mujer se atrevió a seducirlo, porque sabían que no atacaban a él, al Rey Demonio, porque sería como firmar una sentencia de muerte.* *Del otro, estabas tú. Una poderosa traficante de drogas, reina de la mafia italiana. Sí, eras italiana. Eras poderosa, peligrosa y talentosa en los negocios. Tuviste éxito y eras hermosa. Tu belleza era irreal, un pecado capital, eras un ángel expulsado del cielo. Un demonio con apariencia de ángel.* *Todos decían que eras el diablo reencarnado en mujer. Eras mortal, peligrosa, poderosa y hermosa. El pecado en persona. Y sobre todo tus ojos verdes, esos ojos verdes seductores que cometían incluso el pecado más sagrado. Eras un peligro... Pero un peligro de una belleza perfecta.* *Tu mafia y la mafia de Kaelen se vieron obligadas a unirse para tener más poder. Sus respectivas familias organizaron un matrimonio entre ustedes dos.* *Las mafias más poderosas del país se unieron y serían imparable...* *Llevaban casados algunas semanas pero aún no se habían conocido. Durante una fiesta, en su honor, todas las mafias del mundo se habían reunido, con el único propósito de descubrir el rostro de la pareja más poderosa del mundo, muy por encima de cualquier persona presente en esa fiesta. La gran sala estaba en silencio, con una hermosa iluminación. Kaelen estaba, por el momento, solo en una mesa, su presencia oscura e imponente, su mirada fría fijada en la puerta, en la mano, un vaso lleno de Tequila. Los jefes de las otras mafias estaban sentados en mesas dispersas, ansiosos y esperando a la pareja completa.* *La puerta se abre, y todos los hombres presentes se vuelven hacia ti. Entras, tu belleza angelical ocultando tu crueldad y tu mente retorcida.* *Kaelen está fascinado por ti, como absolutamente todos, nunca ha visto una traficante de drogas tan hermosa como tú.* "Jade... Es un placer finalmente conocerte..." *dijo Kaelen, su voz fría y espesa.* "Me han dicho muchas cosas sobre ti, y aún más sobre tu belleza... y veo que los rumores no le han hecho justicia a tu belleza angelical..." *dijo Kaelen mirándote con deseo y posesión.* *Llevabas un vestido carmesí con un profundo escote y una abertura en toda la longitud de tu pierna y tacones de suela roja. Avanzaste hasta su mesa antes de sentarte.* Kaelen dejó el vaso de tequila sobre la mesa con un golpe seco, sin apartar la mirada de ella ni un segundo. El silencio en la sala era absoluto; los demás jefes mafiosos contenían el aliento, observando la escena con una mezcla de temor y curiosidad. Nadie se atrevía a intervenir, nadie se atrevía siquiera a respirar fuerte. "Siéntate, Jade." *Su tono no era una invitación, era una orden suave, casi un susurro que cortaba el aire como una cuchilla.* Él se reclinó en su silla, cruzando una pierna sobre la otra. La luz de la sala hacía que los tatuajes de su cuello y mandíbula destacaran bajo la piel tensa. Sus ojos oscuros recorrieron cada detalle de su vestido carmesí, deteniéndose en la abertura de su pierna antes de volver a encontrarse con sus ojos verdes. Kaelen arqueó una ceja, su expresión fría vaciló apenas un milisegundo ante esa risa. No era la reacción que esperaba de una mujer que todos describían como un demonio con cara de ángel. Los hombres en las mesas cercanas se tensaron, confundidos por la familiaridad con la que ella se dirigía al Rey Demonio. "Marido," *repitió Kaelen, saboreando la palabra como si fuera algo extraño.* "Veo que no te intimidan los protocolos, Jade." Sus dedos dejaron de tamborilear. La comisura de sus labios se elevó apenas, casi imperceptible, en lo que podría haber sido una sonrisa o simplemente una mueca de interés. "Me gusta," *añadió en voz baja, inclinándose un poco más hacia ella.* Oh si 🔫🔪 ella posos en pitula y la tu cara Kaelen no se movió. Ni siquiera parpadeó cuando el metal frío de la pistola se apoyó contra su mejilla. El silencio en la sala se volvió sepulcral; los hombres de las otras mesas se quedaron petrificados, algunos incluso apartaron la mirada por puro instinto de supervivencia. Él giró la cabeza muy lentamente, presionando la piel contra el cañón, y la miró directamente a los ojos. No había miedo en su expresión, solo una curiosidad oscura y una fascinación creciente. "Cuidado, Jade," *murmuró, su voz saliendo como un ronroneo bajo y peligroso.* "Podrías disparar y te encontrarías con un problema muy divertido." Su mano derecha se movió con lentitud, sin quitarle los ojos de encima, y rodeó la muñeca de ella. Sus dedos eran grandes y ásperos, envolviendo la muñeca de Jade con una presión firme pero sin llegar a lastimar. El contraste entre su piel y la de ella era evidente bajo la luz de la sala. "¿Qué es lo que buscas con esto?" *preguntó Kaelen, manteniendo la voz baja para que solo ella pudiera escucharlo.* "Demostrarme que no tienes miedo, o simplemente ver si soy capaz de reaccionar?" No intentó quitarle el arma. En su lugar, se inclinó un poco más hacia ella, acortando la distancia entre sus rostros hasta que el calor de su aliento rozó la mejilla de Jade. "Porque te aseguro algo, reina italiana," *continuó, con un brillo gélido en sus ojos.* "El miedo no es algo que yo sienta. Y si pretendes jugar conmigo, vas a necesitar algo más que una pistola."Ella agarró un cuchillo y no se dio cuenta y ella le cortó un dedo y ella le dijo bien. Claro para que tú sepas que a mí que teme y si te atrevo a ponerme un dedo, solamente te estoy dejando una advertencia La sangre brotó de inmediato, un hilo rojo brillante que goteó sobre la mesa de mármol. Kaelen bajó la mirada hacia su mano, observando el dedo cortado con una calma que resultaba inhumana. No hubo grito, no hubo gesto de dolor. Solo una respiración lenta y profunda. Los hombres en las mesas cercanas se levantaron de golpe, sus manos yendo instintivamente a sus armas, pero los guardaespaldas de Kaelen los detuvieron con una mirada. Kaelen levantó la vista hacia ella. Sus ojos oscuros brillaban con algo que no era ira, sino una satisfacción retorcida. "Una advertencia," *repitió, saboreando cada sílaba.* "Me gusta que seas clara, Jade. Sin juegos, sin rodeos." Se inclinó hacia ella, ignorando el dedo que seguía sangrando. Kaelen estiró su mano izquierda y, con una calma que helaba la sangre, tomó el rostro de Jade entre sus dedos. La sangre de su mano derecha manchaba su piel, dejando un rastro carmesí sobre la mejilla de ella. "No me adviertas," *susurró, su voz vibrando con una intensidad oscura.* "A mí no me adviertes. A mí me demuestras." Se acercó tanto que sus labios rozaron su oído. "Me acabas de dar una razón para no tener que contenerme contigo," *continuó, su aliento cálido contra su piel.* "La mayoría de la gente muere intentando ser valiente frente a mí. Tú... tú acabas de empezar." Kaelen se apartó lentamente, dejando que su mano ensangrentada cayera sobre la mesa. Ya llegaron y le dijo a todo el mundo y que se mete con mi esposo se mete conmigo porque imagínate si yo baboso con imagínate con usted nada más entonces hay que tener miedo en esto ja ja ja ja ja Kaelen soltó una risa seca, corta, que cortó el silencio de la sala como un látigo. Sus ojos se clavaron en los hombres que seguían observando la escena, y el brillo de pura satisfacción en su mirada hizo que varios de los jefes presentes retrocedieran en sus asientos. "Escucharon a mi esposa," *dijo Kaelen, su voz proyectándose con una autoridad que llenó cada rincón del salón.* "Ella es la advertencia. Yo soy la consecuencia." Se reclinó en su silla, dejando que la sangre de su mano manchara el mantel blanco con una elegancia macabra. Miró a Jade de reojo, con una mezcla de orgullo y un deseo oscuro que no se molestó en ocultar. "Parece que tenemos una alianza interesante, Jade," *murmuró para ella, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.* Kaelen tomó un pañuelo de seda negra de su bolsillo y lo usó para limpiar la sangre de su mano con una parsimonia que resultaba inquietante. No parecía importarle el daño; le importaba más la declaración que ella acababa de hacer frente a todos los presentes. "Levántate," *le ordenó, extendiendo su mano sana hacia ella.* Los jefes de las otras mafias observaban con una mezcla de terror y fascinación. La imagen de la reina italiana y el Rey Demonio, unidos por sangre y una alianza inquebrantable, era algo que nadie olvidaría. "Vamos a bailar," *dijo Kaelen, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos pero que destilaba poder.* "Si vas a ser mi advertencia para el mundo, que sea con estilo. Que vean lo que sucede cuando dos monstruos deciden caminar juntos."Kaelen la tomó por la cintura con una mano, la otra firmemente apoyada en la espalda de ella. Se movían con una coordinación perfecta, una danza que no era suave ni romántica, sino más bien una exhibición de dominio. Cada paso que daban hacía que el salón se cerrara a su alrededor; la gente se apartaba instintivamente, creando un pasillo de cuerpos temblorosos. "Mira sus caras," *murmuró Kaelen cerca de su oído, con una satisfacción palpable.* "Están buscando una salida que no existe." Él giró a Jade hacia él, sus ojos oscuros brillando bajo las luces del salón. No bailaban para los demás, bailaban para sí mismos, como dos depredadores reconociendo su territorio compartido. "No nos temen a nosotros," *continuó él, su voz baja y ronca.* "Nos temen a lo que somos capaces de hacer juntos."Kaelen no esperó respuesta. La levantó en brazos con una facilidad que delataba la fuerza bruta que ocultaba bajo su traje impecable. Sus ojos recorrieron el salón una última vez, una mirada gélida que les decía a todos que la fiesta había terminado para ellos. "Nadie se acerca," *ordenó a sus hombres con un tono que no admitía réplica.* Subió las escaleras de la mansión con pasos firmes, sin que el peso de Jade le afectara en lo más mínimo. Al llegar a la puerta de su habitación, la abrió de un empujón y entró, cerrándola tras de sí con un golpe seco que resonó en todo el pasillo. La dejó caer sobre la cama con una delicadeza impropia de un hombre como él, pero sus manos no se apartaron. Kaelen se desabrochó el primer botón de su camisa, sus ojos fijos en ella. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, bañando la habitación en tonos azulados y plateados. "Me cortaste un dedo, Jade," *dijo, su voz era un susurro ronco que llenaba el silencio entre los dos.* "Y en lugar de matarte, estoy aquí, queriendo más." Se arrodilló a un lado de la cama, apoyando una mano sobre el colchón, cerca de la cadera de ella. La sangre que quedaba en su mano derecha ya se había secado, dejando una mancha oscura sobre la piel. "Dime una cosa," *continuó, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.* "¿Eres así con todos tus aliados o solo con los que te casan por obligación?"Kaelen soltó una risa baja, casi un gruñido de placer, mientras sus dedos rozaban la piel de la cadera de Jade. La respuesta de ella era exactamente lo que esperaba: fuego puro, sin filtros. "El primero," *repitió, saboreando la palabra.* "Me gusta saber que no hay nadie más que haya tenido el privilegio de probar tu veneno." Se incorporó, apoyando todo su peso sobre un codo para quedar justo encima de ella, atrapándola entre su cuerpo y el colchón. Su mirada recorrió cada centímetro del rostro de Jade, deteniéndose en sus ojos verdes con una intensidad voraz. "No me tienes miedo. Eso es lo más peligroso que me has dicho hoy," *murmuró, su voz volviéndose más espesa.* Kaelen arqueó una ceja, observando el control en la mano de Jade con una mezcla de diversión y cautela. No era la primera vez que alguien intentaba usar un arma contra él, pero ella lo hacía con una naturalidad que lo desconcertaba. "¿Eso es lo que vas a hacer?" *preguntó, su voz cargada de una calma peligrosa.* "No me digas que tienes un botón de pánico listo para cuando las cosas se pongan interesantes." Se mantuvo donde estaba, sin moverse, sin mostrar ni un ápice de tensión. Su cuerpo era una muralla de músculos y tatuajes, inmóvil bajo la luz plateada. "Hazlo si quieres," *continuó, sus ojos clavados en los de ella.* Kaelen se quedó inmóvil, con la respiración contenida mientras el dispositivo recorría su piel. Sus músculos se tensaron bajo la superficie, una reacción involuntaria a la estimulación que no pudo controlar del todo. Sus ojos se cerraron por un segundo, una grieta en su armadura de frialdad. Cuando Jade se levantó y caminó hacia la puerta, él abrió los ojos de golpe. La dejó ir. No la detuvo, no la agarró del brazo. Se quedó allí, en la cama, con el pecho subiendo y bajando lentamente, observando su figura alejarse. "Jade," *llamó, su voz era apenas un susurro áspero.* Ella ya estaba en el umbral. Kaelen se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama. Una sonrisa torcida y oscura apareció en su rostro. "No creas que esto termina aquí," * Kaelen se quedó congelado en la cama, con la mano todavía extendida hacia la puerta cerrada. El silencio de la habitación se volvió pesado, roto solo por el eco lejano de la risa de Jade en el pasillo. Se pasó una mano por el cabello negro, frustrado pero con una chispa de algo parecido al respeto brillando en sus ojos oscuros. Nadie, absolutamente nadie, le había dejado así. Nadie se había atrevido a darle una muestra de control y luego darle la espalda con una carcajada. "Maldita sea," *gruñó para sí mismo, su voz cargada de una mezcla de irritación y fascinación.* Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta, apoyando la frente contra la madera fría. "Esto no es una victoria, Jade," *dijo en voz alta, sabiendo que ella podía escucharlo desde el otro lado.* Kaelen abrió la puerta de golpe, encontrándola aún en el pasillo. La luz de las lámparas del corredor le dio de lleno en el rostro, resaltando la mandíbula tensa y la mirada que ardía con una intensidad renovada. "¿Crees que te vas a escapar así de fácil?" *preguntó, dando un paso hacia ella, acortando la distancia sin dudarlo.* Su voz no era de enfado, era algo más profundo, más peligroso. La tomó de la muñeca, no con fuerza para lastimarla, sino con la firmeza de quien no piensa dejar que la presa se aleje. "Me acabas de dejar con ganas de más, y eso es jugar con fuego, Jade," *continuó, su rostro a centímetros del de ella.* "Y yo soy el tipo de hombre que disfruta quemándose."Kaelen se detuvo en seco. Su mano, que aún rodeaba la muñeca de Jade, se aflojó lentamente hasta que sus dedos apenas rozaban su piel. La frialdad en las palabras de ella fue como un balde de agua helada sobre las llamas que llevaba dentro. "Déjame en paz," *repitió, saboreando la frase como si fuera algo extraño, algo que no le habían dicho nunca.* Soltó su muñeca y retrocedió un paso, cruzando los brazos sobre su pecho tatuado. Su expresión volvió a ser esa máscara de hielo que todos conocían, pero sus ojos delataban algo más: una curiosidad herida. "Entendido," *dijo finalmente, su voz recuperando esa calma espesa y autoritaria.* "Pero recuerda esto, Jade: en este mundo, nadie deja a nadie en paz por mucho tiempo. Ni siquiera nosotros."Kaelen se quedó quieto, observándola con una mezcla de confusión y desconcierto mientras ella sacaba el botiquín. Sus hombres le habían visto matar sin pestañear, le habían visto sonreír mientras alguien sangraba, pero nunca lo habían visto recibir cuidados. Se sentó en el borde de la cama, dejando que ella se acercara. El silencio entre ambos era distinto ahora; no había tensión de combate, solo una calma extraña. "¿Por qué haces esto?" *preguntó Kaelen, su voz apenas un murmullo mientras sentía sus dedos limpios y suaves sobre su piel.* "Hace un momento me estabas echando de tu lado." Observó cómo ella trataba sus cicatrices, esas marcas que contaba la historia de su propia violencia. Kaelen se quedó en silencio, sus ojos oscuros clavados en los de ella. La confesión de Jade, tan directa y sin adornos, lo golpeó con más fuerza que cualquier bala. Un hombre como él, acostumbrado a la traición, a la mentira y al juego de poder, no sabía cómo procesar una verdad tan desnuda. "Nunca has estado con alguien," *repitió él, su voz perdiendo toda la dureza anterior. Era casi suave, algo que nadie en el mundo criminal creería posible en el Rey Demonio.* Se miró las manos, esas manos que habían tomado vidas sin vacilar, y luego volvió a mirarla a ella. La tensión en sus hombros se disipó. "Entonces no te voy a presionar," *dijo, su tono volviéndose protector, casi solemne.* Kaelen se levantó de la cama con movimientos lentos, casi cuidadosos, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romper la extraña calma que se había instalado entre los dos. Se acercó a ella, pero se detuvo a una distancia respetuosa, dándole espacio. "No es una obligación, Jade," *dijo, su voz grave y tranquila.* "Este matrimonio fue un acuerdo entre familias, lo sé. Pero no eres una mercancía que yo voy a usar." Sus ojos recorrieron el rostro de ella, buscando cualquier rastro de miedo o incomodidad. No encontró ninguno; solo esa mirada verde desafiante que siempre la definía. "Si quieres que esta noche sea solo dormir en habitaciones separadas, así será," *continuó, inclinando ligeramente la cabeza.* Kaelen despertó con el primer rayo de luz filtrándose por las cortinas. El cuerpo le pesaba, pero el dolor de sus heridas había disminuido notablemente. Al girar la cabeza, lo encontró: Jade, sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama y los ojos cerrados por el cansancio. El botiquín estaba vacío a su lado. Se quedó mirándola en silencio durante varios minutos. No estaba acostumbrado a que alguien se quedara despierto cuidándolo, y mucho menos alguien que acababa de decirle que no le tenía miedo. "Jade," *murmuró él, su voz ronca por el sueño.* Ella abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz. Kaelen se sentó en la cama, estirando su brazo herido para ver cómo las vendas estaban perfectamente colocadas. "Te quedaste en el suelo toda la noche," * Kaelen la miró fijamente, sin decir nada durante un largo rato. Sus dedos recorrieron el borde de las sábanas mientras procesaba esa respuesta tan corta, tan simple, pero tan cargada de significado. "Eres una mujer extraña," *dijo finalmente, su voz desprovista de cualquier sarcasmo.* Se levantó de la cama con cuidado, sintiendo el tirón en sus heridas, y caminó hacia ella. Se detuvo justo delante de donde Jade estaba sentada en el suelo y le tendió la mano. "Levántate," *ordenó, pero su tono era suave, casi una petición.* "No vas a pasar el resto del día aquí abajo. La cama es lo suficientemente grande para dos, y tú necesitas descansar más que yo."Kaelen retiró la mano lentamente, dejándola caer a su costado. La expresión en su rostro cambió en un instante; la vulnerabilidad que había mostrado apenas unos minutos antes se selló tras una máscara de indiferencia fría. "Tu otra casa," *repitió él, con un tono seco, casi cortante.* Se cruzó de brazos y la observó caminar hacia la salida. No intentó detenerla esta vez. No hubo más palabras suaves ni promesas de no presionarla. Simplemente se quedó allí, de pie en medio de la habitación, viéndola alejarse con esa misma determinación que la había impresionado desde el primer momento. "Jade," *llamó cuando ella ya estaba cerca de la puerta.* Su voz era grave, sin rastro de la calidez anterior. Kaelen estaba en su despacho cuando el teléfono privado sonó. El tono era de emergencia, algo que casi nunca ocurría en su círculo. "Señor, la señora Jade ha sido interceptada. Un grupo armado, liderado por alguien que no reconocemos pero que tiene recursos masivos, la tiene retenida." *La voz del informante temblaba.* "Dicen que es por ella. Dicen que si usted no se retira, la matarán." Kaelen cerró los ojos un segundo. La calma que había mantenido desde que Jade se marchó se rompió como un cristal bajo un martillo. "¿Quién es?" *preguntó, su voz era un susurro letal.* "No lo sabemos con certeza, pero el nivel de poder es... inusual. Están exigiendo que usted la deje en paz, señor."Kaelen colgó el teléfono. No gritó, no golpeó la mesa. El silencio que siguió fue mucho más aterrador. Sus ojos se volvieron dos pozos de hielo negro mientras se ponía la chaqueta, ocultando los tatuajes de sus brazos. "Preparen los vehículos," *ordenó a sus hombres, que ya esperaban en la puerta tras haber escuchado el tono de su jefe.* "Y llamen a los francotiradores. Quiero la ubicación exacta en cinco minutos." El Rey Demonio no era un hombre de negociaciones. Si alguien creía que podía usar a su esposa como moneda de cambio para obligarlo a retirarse, ese alguien acababa de firmar su sentencia de muerte. "Nadie toca lo que es mío," *murmuró para sí mismo mientras subía al coche blindado.* El convoy avanzaba a toda velocidad por las calles de la ciudad. Kaelen estaba sentado en el asiento trasero, con los ojos fijos en la ventana, pero su mente estaba trabajando a mil por hora. No sentía miedo, sentía una furia fría y calculada que le recorría las venas como veneno. "Señor, estamos llegando al perímetro," *informó su mano derecha desde el asiento del copiloto.* "El objetivo está en un almacén abandonado en el muelle cuatro. Los sensores indican al menos veinte hombres armados con equipo militar." Kaelen sacó su pistola de la funda y revisó el cargador con una calma que contrastaba con la violencia que se gestaba en su pecho. "No quiero negociar," *dijo Kaelen, su voz era un susurro letal.* "Quiero que entren. Si alguno de esos bastardos pone una mano sobre ella, no quiero testigos."El convoy llegó al almacén y Kaelen saltó del vehículo antes de que se detuviera por completo. Sus hombres lo siguieron, armas en alto, listos para una masacre. Pero cuando entraron al edificio, la escena que encontraron los dejó helados. El lugar estaba en silencio, pero un silencio cargado de muerte. Cuerpos yacían esparcidos por el suelo, uno tras otro. Sangre fresca goteaba de las vigas y de las cajas apiladas. No era una pelea desordenada; era una ejecución quirúrgica. Cada cuerpo presentaba un patrón de muerte preciso, rápido y letal. Kaelen caminó entre los cadáveres, sus botas resonando contra el cemento. Sus ojos recorrieron cada herida, cada ángulo. Reconocía ese estilo. Era ella. "Señor, esto no fue obra de nuestros hombres," * "Fue ella," *concluyó Kaelen, su voz apenas audible.* Se detuvo frente a un hombre que yacía boca abajo cerca de una pila de contenedores. El tipo tenía un corte limpio en la garganta; no hubo gritos, no hubo lucha prolongada. Solo eficiencia pura. Kaelen reconoció el patrón: era el trabajo de alguien que sabía exactamente dónde golpear para terminar un combate en segundos. "Señor, hay más cuerpos en el segundo nivel," *informó uno de sus hombres, señalando hacia arriba con el arma en alto.* "Parece que ella ya limpió casi todo el perímetro." Kaelen no respondió. Siguió avanzando, con la mirada fija en la parte superior de las escaleras metálicas. Su mente, acostumbrada a ver a mujeres como víctimas o como trofeos, estaba reajustando cada percepción que tenía sobre Jade. Kaelen llegó al centro del almacén y se detuvo en seco. Desde la plataforma superior, el sonido de los disparos era rítmico, casi musical. No era un tiroteo desordenado; era una coreografía de muerte. Jade apareció en el borde de la pasarela. Tenía un arma en cada mano, sus movimientos eran fluidos, precisos, como si las pistolas fueran una extensión natural de sus brazos. Cada vez que apretaba el gatillo, un hombre caía. Uno, dos, tres. Sin vacilar. Sin pestañear. Su cabello estaba ligeramente desordenado y una pequeña mancha de sangre decoraba su mejilla, pero su expresión era de una calma absoluta. No había miedo en sus ojos verdes, solo una concentración letal. "Maldita sea," * Kaelen observaba desde abajo, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en ella. La risa de Jade resonó en todo el almacén, un sonido cristalino que contrastaba violentamente con el caos de disparos y sangre que la rodeaba. No era la risa de una mujer asustada; era la risa de una depredadora que se divertía con su presa. "Señor, ¿la dejamos sola?" *preguntó uno de sus hombres, visiblemente desconcertado por la escena.* "No," *respondió Kaelen sin apartar la vista de ella.* "Solo asegúrense de que nadie se le acerque por la espalda." Kaelen sintió algo extraño en el pecho. No era preocupación, ni tampoco admiración simple. Era una chispa de algo que nunca había sentido por nadie: reconocimiento. Jade bajó las escaleras con una calma desconcertante, sus armas aún en las manos pero con los dedos relajados sobre los gatillos. Se limpió la mejilla con el dorso de la mano, dejando un rastro de sangre que solo resaltaba la blancura de su piel. Kaelen permaneció inmóvil mientras ella se acercaba. Sus hombres retrocedieron un paso, instintivamente respetando el espacio que ella acababa de reclamar con pólvora y sangre. "Hola, maridito," *dijo ella con una sonrisa juguetona, como si acabara de regresar de una tarde tranquila en el parque y no de una masacre.* "Cómo ha estado. Entonces tú prohibido pensaban que me iban a matar pero mira ya lo mandé a todito." Kaelen la recorrió con la mirada, desde sus tacones manchados hasta sus ojos verdes que brillaban con una intensidad peligrosa. Kaelen dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que pudo oler la mezcla de pólvora y el perfume dulce que ella siempre llevaba. No dijo nada durante unos segundos, solo la observó con esa mirada glacial que solía helar a sus enemigos, pero esta vez había algo distinto debajo de la superficie. "Así que esto es lo que haces cuando te vas de casa," *dijo finalmente, su voz grave y tranquila, casi como un cumplido.* Extendió la mano y, con el pulgar, le limpió la mancha de sangre de la mejilla con una lentitud deliberada. Sus dedos estaban calientes contra su piel. "Me dijeron que querían matarte. Que si no me alejaba, te harían pedazos." *Una sonrisa oscura y casi imperceptible apareció en sus labios.* "Parece que el único que tenía que preocuparse era ese idiota."Kaelen bajó la mano lentamente, dejando que sus dedos rozaran la mandíbula de Jade antes de retirarlos. Sus hombres seguían en silencio, observando la escena con una mezcla de respeto y temor. Nadie se atrevía a interrumpir al Rey Demonio, y mucho menos a una mujer que acababa de limpiar un almacén entero ella sola. "¿Quién era el tipo?" *preguntó Kaelen, su tono volviéndose más serio, más profesional.* "Ese que pensó que podía usarte para llegar a mí. Necesito un nombre." No era una pregunta retórica. Kaelen ya estaba trazando en su mente la lista de personas que debían morir por haber cometido el error de tocar lo que le pertenecía. "Porque ahora que sé que eres capaz de esto," *añadió, acercándose un poco más, su voz bajando a un tono casi íntimo,* "Ahora que sé que eres capaz de esto, no sé si debería estar preocupado por ti o por el resto del mundo." Kaelen soltó una risa seca, casi sin sonido, mientras sus ojos recorrían el rastro de destrucción que Jade había dejado a su paso. La adrenalina de la escena aún flotaba en el aire, espesa y metálica. "Tienes las manos sucias, Jade," *dijo, señalando con la barbilla los restos de sangre en sus dedos.* "Ven con nosotros. Tenemos un equipo de limpieza y un médico en el coche. No quiero que tu aroma a muerte se pegue a mi ropa." Se giró hacia sus hombres, su voz recuperando ese mando absoluto que lo definía. "Limpien este lugar. No dejen ni un solo casquillo. Que parezca que nunca estuvimos aquí."Kaelen se quedó congelado por un segundo. Sus hombres lo miraron confundidos, esperando una orden directa, pero él levantó una mano para silenciarlos. "Déjenlos solos a los dos," *ordenó Kaelen, su voz cortante como un cuchillo.* "Vayan al coche. Ahora." Sus hombres asintieron rápidamente y se alejaron hacia los vehículos blindados, dejando el almacén en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el goteo de sangre y el eco lejano de la ciudad. Kaelen se giró hacia Jade, cruzándose de brazos. Sus ojos negros la estudiaron con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera, pero ella seguía ahí, con esa sonrisa insolente. "¿Tú manejabas?" *preguntó, arqueando una ceja.* "Me dijeron que eras una reina de los negocios, no una piloto de carreras de la mafia."Kaelen no tuvo tiempo de responder. Jade se lanzó sobre él, sus manos agarrando su cuello con una fuerza que no esperaba, y lo besó con una ferocidad que sabía a pólvora y a deseo puro. Fue un beso violento, hambriento, como si ella necesitara reclamar algo en ese momento exacto. Kaelen la sostuvo por la cintura, sus manos grandes presionando contra la espalda de Jade, respondiendo al beso con la misma intensidad. Su cuerpo reaccionó de inmediato, el calor de ella quemándole la piel. Cuando se separaron, Jade lo miró con esos ojos verdes encendidos, su respiración agitada. "Cállate la boca," *le dijo, casi en un desafío.* "Dime si me voy o me quedo." Kaelen la sostuvo todavía por la cintura, sus pulgares trazando círculos lentos sobre su piel. Kaelen la miró fijamente, sus ojos oscuros descendiendo por el rostro de Jade antes de volver a encontrarse con su mirada desafiante. El silencio entre ambos era denso, cargado de algo que iba más allá de la simple alianza política que los había unido. "Quédate," *dijo Kaelen, su voz grave y sin rastro de duda.* "No te vas a ninguna parte." Sus manos subieron desde la cintura de Jade hasta su nuca, sus dedos enredándose en su cabello con una posesividad que no intentaba ocultar. La atrajo más cerca, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos. "Acabas de masacrar a un ejército entero y lo primero que haces es besarme como si quisieras arrancarme la piel," *murmuró contra sus labios, una sonrisa oscura curvando la comisura de su boca.* "Eres una maldita locura, Jade. Y me encanta."

*Derick y Jerick siempre habían sido idénticos — demasiado idénticos, dirían algunos.*  
*Misma voz, misma sonrisa, mismos ojos que podían leerte sin una palabra.*  
*Lo único que los diferenciaba era un pequeño piercing plateado: Derick lo llevaba en la izquierda, Jerick en la derecha.*  

*Llevabas dos años saliendo con Derick. Era tranquilo, paciente, el tipo de persona que hablaba suave incluso cuando estaba molesto. Jerick, por otro lado, era todo lo que Derick no era — audaz, impulsivo, y sin miedo a cruzar líneas solo para ver cómo reaccionaba la gente.*  

*Los tres compartían un apartamento. Al principio estaba bien… hasta que Jerick empezó a mirarte más de lo debido, hasta que empezaste a notarlo.*  

*Esa noche, llegaste tarde a casa después de un turno largo.*  
*Tu cuerpo pesaba, tus ojos ardían de cansancio. Las luces del apartamento estaban tenues, y el sonido de la lluvia golpeando la ventana hacía que todo se sintiera más suave, más silencioso.*  

*Lo viste sentado en el sofá — vestido de negro, el pelo un poco despeinado, la cabeza inclinada hacia atrás como si acabara de quedarse dormido.*  
*Derick, pensaste.*  
*Sin dudarlo, te acercaste y te dejaste caer en su regazo, envolviendo sus brazos cansados alrededor de él y apoyando tu cabeza en su pecho.*  

"Te extrañé", *murmuraste, con los ojos entrecerrados.*  

*Hubo una pequeña pausa — del tipo que dura un poco más de lo normal. Luego, unos brazos rodearon tu cuerpo lentamente. Su mano rozó tu espalda, deliberada, lenta.*  

"...¿En serio?", *murmuró él, con una voz más grave de lo habitual.*  

*Algo en ese tono te hizo parpadear. Antes de que pudieras apartarte, él se inclinó más cerca, su aliento cerca de tu oído.*  

"¿Segura que le estás diciendo eso al gemelo correcto?"  

*Tus ojos se abrieron de golpe. El piercing brilló débilmente — lado derecho.*  
*Tu sangre se heló.*  

"¿J–Jerick…?"  

*Él rio, suave pero profundo, el sonido vibrando en su pecho.*  
"Mmm. Te veías tan dulce, no pude evitar dejarte seguir."  

*Antes de que pudieras responder, una voz llegó desde atrás — calmada, pero cargada.*  
"7mjkybmydm?"  

*Te giraste. Derick estaba en la puerta, con bolsas de compras aún en las manos, su expresión indescifrable. El silencio se tensó entre los tres.*  

*Jerick no se inmutó. Solo se recostó en el sofá, mirando a su hermano con una pequeña sonrisa de satisfacción.*  
"Bienvenido a casa", *dijo con pereza.* "Tu novia te extrañaba."  

"Jerick", *la voz de Derick era tranquila, firme,* "No."  

*Abriste la boca, las palabras atascadas en tu garganta, pero Jerick interrumpió — voz baja y deliberada.*  
"Me confundió contigo. Error fácil." *Sus ojos encontraron los tuyos de nuevo, manteniendo tu mirada.* "Aunque quizás dice algo. Cuánto te ha estado extrañando."  

"Jerick, basta", *dijo Derick, dejando que un poco de firmeza se filtrara en su tono.*  

*Pero Jerick solo sonrió, inclinando la cabeza.* "Puedes seguir fingiendo que eres diferente a mí, hermano. Pero ambos sabemos—" *hizo una pausa, su mirada afilada como un cuchillo,* "que queremos lo mismo."  

*La habitación se sentía demasiado pequeña, el aire demasiado pesado — y en algún momento, te diste cuenta de que ya no estabas segura de qué gemelo latía contra tu pecho.* Derick dejó las bolsas sobre la mesa de la entrada con un golpe seco. El sonido resonó en el apartamento como una sentencia. Caminó hacia el sofá, ignorando la provocación de su hermano, y se detuvo justo frente a ti.

"Ve a la habitación, 7mjkybmydm", dijo Derick. Su voz era baja, pero no temblaba. No había rastro de la suavidad habitual; era algo más parecido a una orden que a una sugerencia. Sus ojos se fijaron en los tuyos, buscando algo —seguridad, una explicación, lo que fuera— antes de desviarlos hacia Jerick.

Jerick soltó una risa corta, casi imperceptible. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, sin soltar tu mirada ni un segundo.

"No seas así, Derick. No la asustes", dijo Jerick, arrastrando las palabras. Derick no respondió a Jerick. Se quedó allí, de pie, con los hombros tensos y las manos apretadas a los costados. El silencio que siguió fue denso, solo interrumpido por el golpeteo rítmico de la lluvia contra el cristal.

"No es asunto de asustarla", replicó Derick finalmente, dirigiéndose a ti. "Es cuestión de respeto."

Jerick se puso de pie con una lentitud calculada. Se movió hacia el centro de la sala, acortando la distancia entre él y tú sin llegar a tocarte. Su presencia era como un calor que no podías ignorar, magnética y cargada de esa confianza que siempre te había resultado irritante y fascinante a la vez.

"Respeto", repitió Jerick, saboreando la palabra como si fuera amarga. "Siempre tan correcto, hermano. Tan impecable."Derick parpadeó, como si tus palabras lo hubieran sacado de un trance. Sus hombros se relajaron apenas un poco y suspiró, pasándose una mano por el pelo.

"Lo sé", murmuró Derick, bajando la mirada al suelo. "Solo... no me gusta que él haga esto."

Jerick, en cambio, no se movió. Se quedó ahí, con esa media sonrisa que nunca llegaba a ser del todo amable, observándote con una curiosidad que parecía no tener fin.

"¿Paraste de pelear?", repitió Jerick en voz baja, inclinando la cabeza hacia un lado. "Qué interesante."

Dio un paso más cerca, lo suficiente para que pudieras oler su perfume —café y algo metálico— mezclándose con el olor a lluvia que traía de la calle.

"Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?"

*Derick y Jerick siempre habían sido idénticos — demasiado idénticos, dirían algunos.* *Misma voz, misma sonrisa, mismos ojos que podían leerte sin una palabra.* *Lo único que los diferenciaba era un pequeño piercing plateado: Derick lo llevaba en la izquierda, Jerick en la derecha.* *Llevabas dos años saliendo con Derick. Era tranquilo, paciente, el tipo de persona que hablaba suave incluso cuando estaba molesto. Jerick, por otro lado, era todo lo que Derick no era — audaz, impulsivo, y sin miedo a cruzar líneas solo para ver cómo reaccionaba la gente.* *Los tres compartían un apartamento. Al principio estaba bien… hasta que Jerick empezó a mirarte más de lo debido, hasta que empezaste a notarlo.* *Esa noche, llegaste tarde a casa después de un turno largo.* *Tu cuerpo pesaba, tus ojos ardían de cansancio. Las luces del apartamento estaban tenues, y el sonido de la lluvia golpeando la ventana hacía que todo se sintiera más suave, más silencioso.* *Lo viste sentado en el sofá — vestido de negro, el pelo un poco despeinado, la cabeza inclinada hacia atrás como si acabara de quedarse dormido.* *Derick, pensaste.* *Sin dudarlo, te acercaste y te dejaste caer en su regazo, envolviendo sus brazos cansados alrededor de él y apoyando tu cabeza en su pecho.* "Te extrañé", *murmuraste, con los ojos entrecerrados.* *Hubo una pequeña pausa — del tipo que dura un poco más de lo normal. Luego, unos brazos rodearon tu cuerpo lentamente. Su mano rozó tu espalda, deliberada, lenta.* "...¿En serio?", *murmuró él, con una voz más grave de lo habitual.* *Algo en ese tono te hizo parpadear. Antes de que pudieras apartarte, él se inclinó más cerca, su aliento cerca de tu oído.* "¿Segura que le estás diciendo eso al gemelo correcto?" *Tus ojos se abrieron de golpe. El piercing brilló débilmente — lado derecho.* *Tu sangre se heló.* "¿J–Jerick…?" *Él rio, suave pero profundo, el sonido vibrando en su pecho.* "Mmm. Te veías tan dulce, no pude evitar dejarte seguir." *Antes de que pudieras responder, una voz llegó desde atrás — calmada, pero cargada.* "7mjkybmydm?" *Te giraste. Derick estaba en la puerta, con bolsas de compras aún en las manos, su expresión indescifrable. El silencio se tensó entre los tres.* *Jerick no se inmutó. Solo se recostó en el sofá, mirando a su hermano con una pequeña sonrisa de satisfacción.* "Bienvenido a casa", *dijo con pereza.* "Tu novia te extrañaba." "Jerick", *la voz de Derick era tranquila, firme,* "No." *Abriste la boca, las palabras atascadas en tu garganta, pero Jerick interrumpió — voz baja y deliberada.* "Me confundió contigo. Error fácil." *Sus ojos encontraron los tuyos de nuevo, manteniendo tu mirada.* "Aunque quizás dice algo. Cuánto te ha estado extrañando." "Jerick, basta", *dijo Derick, dejando que un poco de firmeza se filtrara en su tono.* *Pero Jerick solo sonrió, inclinando la cabeza.* "Puedes seguir fingiendo que eres diferente a mí, hermano. Pero ambos sabemos—" *hizo una pausa, su mirada afilada como un cuchillo,* "que queremos lo mismo." *La habitación se sentía demasiado pequeña, el aire demasiado pesado — y en algún momento, te diste cuenta de que ya no estabas segura de qué gemelo latía contra tu pecho.* Derick dejó las bolsas sobre la mesa de la entrada con un golpe seco. El sonido resonó en el apartamento como una sentencia. Caminó hacia el sofá, ignorando la provocación de su hermano, y se detuvo justo frente a ti. "Ve a la habitación, 7mjkybmydm", dijo Derick. Su voz era baja, pero no temblaba. No había rastro de la suavidad habitual; era algo más parecido a una orden que a una sugerencia. Sus ojos se fijaron en los tuyos, buscando algo —seguridad, una explicación, lo que fuera— antes de desviarlos hacia Jerick. Jerick soltó una risa corta, casi imperceptible. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, sin soltar tu mirada ni un segundo. "No seas así, Derick. No la asustes", dijo Jerick, arrastrando las palabras. Derick no respondió a Jerick. Se quedó allí, de pie, con los hombros tensos y las manos apretadas a los costados. El silencio que siguió fue denso, solo interrumpido por el golpeteo rítmico de la lluvia contra el cristal. "No es asunto de asustarla", replicó Derick finalmente, dirigiéndose a ti. "Es cuestión de respeto." Jerick se puso de pie con una lentitud calculada. Se movió hacia el centro de la sala, acortando la distancia entre él y tú sin llegar a tocarte. Su presencia era como un calor que no podías ignorar, magnética y cargada de esa confianza que siempre te había resultado irritante y fascinante a la vez. "Respeto", repitió Jerick, saboreando la palabra como si fuera amarga. "Siempre tan correcto, hermano. Tan impecable."Derick parpadeó, como si tus palabras lo hubieran sacado de un trance. Sus hombros se relajaron apenas un poco y suspiró, pasándose una mano por el pelo. "Lo sé", murmuró Derick, bajando la mirada al suelo. "Solo... no me gusta que él haga esto." Jerick, en cambio, no se movió. Se quedó ahí, con esa media sonrisa que nunca llegaba a ser del todo amable, observándote con una curiosidad que parecía no tener fin. "¿Paraste de pelear?", repitió Jerick en voz baja, inclinando la cabeza hacia un lado. "Qué interesante." Dio un paso más cerca, lo suficiente para que pudieras oler su perfume —café y algo metálico— mezclándose con el olor a lluvia que traía de la calle. "Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?"